Rafael Loret de Mola – Políticos, Dinero

RAFAEL LORET DE MOLA

  • Políticos, Dinero
  • Subasta de Narcos
  • Vieja Advertencia

Por Rafael Loret de Mola

Rafael-Loret-de-Mola-Políticos,-DineroDurante su acotada campaña presidencial, en 1994, Luis Donaldo Colosio fue invitado a un rancho sinaloense para que se tomara un breve descanso. Allí le esperaban sus anfitriones, quienes se presentaron como agricultores simpatizantes y así lo recogieron los responsables de la agenda del candidato –no olvidemos que el coordinador general era el doctor y simulador ernesto zedillo ponce de león-, y algunas bellas edecanes dispuestas a relajar a los convidados. Cuando llegó Colosio se tomaron, todos, unas fotografías.

Resulta difícil creer que un político de la dimensión de Luis Donaldo, en la antesala de Los Pinos además, no pudiera reconocer al personaje que se sentó al lado suyo al momento de tomarse la instantánea. Los expertos de la DEA sí lo hicieron: se trataba, nada menos, de Joaquín Guzmán Loera, “El Chapo”, uno de los narcotraficantes más buscados por las corporaciones policíacas de México y los Estados Unidos. La versión fue publicada en “Los Cómplices” –Océano, 2001- sin que fuera negada o descalificada por las instancias oficiales. Catorce años después ya tiene fe pública y periodística.

Pese a ello nadie ha actuado en algún sentido para determinar antecedentes y efectos de lo narrado, sobre todo porque lleva, sin remedio, a otro siniestro escenario, el de Lomas Taurinas, en donde Colosio perdió la partida contra quienes apostaban en su contra desde Los Pinos. Ninguna indagatoria ha podido resolver el misterio aun cuando se insiste en que los grandes “capos” pudieron haber servido como brazos ejecutores. Cuantas veces se maneja esta versión, sobre todo en la Procuraduría General de la República, se admite que hubo una línea de investigación en este sentido pero no se aportan datos específicos asumiendo la secrecía obligada de las fuentes oficiales.

Instalado ya el doctor y simulador zedillo en la casa presidencial, se extendieron los rumores acerca de que los “cárteles” con mayor operatividad habían financiado las campañas electorales de varios de los mandatarios latinoamericanos en ejercicio entonces. Las averiguaciones pusieron en la picota al colombiano Ernesto Samper con el consiguiente escándalo institucional.

En tales circunstancias, en el estreno de sus “conferencias mensuales”, el doctor y simulador zedillo fue interrogado sobre si tales veneros le habían alcanzado. La reacción fue desorbitada: el mandatario no sólo negó la especie sino decidió no ofrecer más entrevistas, en contra de lo que se había propuesto y difundido, para no caer en el juego “de los perversos”. Pese a ello, no hizo nada para aclarar los sustentos respecto a las sospechas de fondo.

Igualmente trascendió, tras el crimen contra Colosio, que la entrometida DEA estadounidense había sugerido a zedillo, sucedáneo del candidato asesinado, desvincularse de algunos colaboradores bajo sospecha, entre ellos Liébano Sáenz Ortiz –la versión completa pueden hallarla los amables lectores en “Los Cómplices” y también en la posterior “Confidencias Peligrosas”, Océano, 2002-, quien se había desempeñado como director de prensa y relaciones públicas del aspirante asesinado. El señor zedillo ofreció hacerlo y, entre otras decisiones insólitas, optó por convertir a Sáenz en su secretario privado con enorme poder operativo durante aquel sexenio, el último del priísmo hegemónico. ¿Casualidades? Aun si lo fueran la autoridad no puede soslayar el imperativo de investigar, a fondo, condiciones y consecuencias.

Los gastos excesivos de los suspirantes políticos, en México, han sido siempre motivos de severas dudas. Por ejemplo, en 1995, el mismo año en que fue exhibido zedillo por un corresponsal extranjero como posible nutriente de los narcos, lo invertido por roberto madrazo en curso de convertirse en gobernador de Tabasco fue equiparado con lo que gastó Bill Clinton en su campaña de reelección un año más tarde. Y, desde luego, el primero, con todo y las cajas de la infamia, jamás explicó satisfactoriamente el origen y el destino de millonarios fondos que le apañaron. Tampoco hubo mayores indagatorias judiciales al respecto y el asunto se zanjó cuando madrazo (el madrazo) fue víctima de un secuestro en las inmediaciones de la ciudad de México.

El silencio oficial contrastó entonces con las denuncias callejeras de Andrés Manuel López Obrador, quien se dijo robado en la elección de gobernador y exhibió suficientes facturas auténticas para demostrar los gastos ilegales de su contrincante. Con eso hubiera bastado, en una escenario democrático, para tirar por la borda la supuesta “legalidad” de aquellos comicios atestiguados por decenas de periodistas metropolitanos –tengo la lista en mi poder-, llamados ex professo por madrazo y tratados a cuerpo de rey para que subrayaran, en sus respectivos medios, la “limpieza” de una jornada absolutamente sucia. La vergüenza es su legado.

El punto de partida es más que claro. Pero, para infortunio de los mexicanos, la figura de zedillo está bastante mejor blindada que la economía nacional. No se le toca porque atesora las claves reales de la transición política de 2000 cuando se produjo la primera alternancia en el Ejecutivo federal para mantener las cosas iguales. Una especie de entendimiento cordial que devino en el espaldarazo más escandaloso de cuantos se hubieran dado entre predecesores y sucesores en la órbita del presidencialismo autoritario. Y la misma fórmula se extendió, seis años después, para asegurar las “buenas relaciones” entre el señor calderón, y la pareja que instaló el cogobierno, ella y él naturalmente.
A los mexicanos luego nos venden otras versiones. Y muchos se las creen.

Debate

El Secretario de Gobernación, miguel ángel osorio chong, ha pretendido ponerse en el flechero. Esta es una buena noticia. Pero lo ha hecho tímidamente, más bien bajo el acoso, y sin opciones ejecutivas en la mano. Estas es la mala. El saldo es muy peligroso porque no sólo exhibe las grietas gubernamentales, reconociendo que muy poco puede hacer frente a la posibilidad de que las campañas se ensucien de antemano, sino también alerta a los facinerosos para que, si no lo habían pensado, hinquen el diente en el sabroso manjar de la “democracia” simulada. Lo negativo tiene mucho más peso que las fútiles “buenas intenciones”.

Sólo queda una carta: la de su jefe. A él debiera tocarle rectificar, en caso de poder claro, exhibiendo los hilos podridos y procediendo con valor y energía. Por supuesto, no le interesa. Si de verdad lo pretendiera utilizaría la banda tricolor para algo más que mostrarla, cayéndose, en Periscope; pronto, habrá de recurrir a los dibujos animados en cuarta dimensión. No olvidemos que su asunción fue también cuestionada en diciembre de 2012 y no puede aducir que delega funciones, porque sólo de él es la responsabilidad histórica. Además, únicamente la “voluntad superior”, bajo un régimen rabiosamente presidencialista –lo es todavía el mexicano-, ahora fusionado con la partidocracia, puede proveer de condiciones y garantías para escarbar en los antecedentes, entre ellos los reseñados en este espacio, con el propósito, siquiera, de prevenir las reincidencias. No hay un deber de mayor trascendencia que éste en un clima tremendamente enrarecido.

La Anécdota

Allá por la década de los setenta, quien presidía el PRI en Yucatán, Jorge Carlos González Rodríguez, ex alcalde de Izamal y muy bravo y serio a la hora de hacer política, aseguraba a sus cercanos amigos:

–Cuando el poder económico se apropie del poder político ya no habrá lugar para la justicia social. Perderá el pueblo, perderemos las mayorías.

Desde luego, su fogosidad negaba el avance de los intereses empresariales dentro de las cuotas del poder político. Pero pretendió, con ello, advertirlo a tiempo en una entidad en donde la “casta divina”, la de los hacendados con derecho de pernada, había dominado la escena creando incluso el ambiente necesario para la consumación del asesinato del primer socialista que llegó a un gobierno estatal, Felipe Carrillo Puerto, llamado “el apóstol del proletariado nacional”.

Lástima que la advertencia de Jorge Carlos jamás pasara de la anécdota.

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