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Trump y Putin y Aprende Inglés

Trump y Putin.

Aprende Inglés.

Por Rafael Loret de Mola

Desde principios de año, los mandantes de la Casa Blanca y el Kremlin brindaron su aval a Andrés Manuel López Obrador, con tanta discreción que sólo la ponderada actitud y el mesurado discurso de éste permitió confirmar la especie contra las versiones de los escépticos que convirtieron en “memes” los señalamientos. Por lo pronto, el “pato” Donald Trump ya ha sido invitado a la toma de posesión del nuevo presidente de México, el primero de diciembre, bajo el alud de poco más de treinta millones de sufragios; es él, sin duda, el mexicano más votado de la historia: hasta sesenta millones de papeletas se han cruzado a su favor a lo largo de tres elecciones. 

Sabemos todos que Alfonso Romo fue el artífice de la sutil y soterrada relación bilateral entre el candidato vencedor destinado a ocupar la titularidad del Ejecutivo en México y el presidente de los Estados Unidos, cuestionado por su desaseada elección –con tres millones de votos menos que su adversaria, Hillary-, bajo el peso del hackeo descarado de los rusos, reconocido por propios y extraños sin que ello haya dado lugar a un juicio de inhabilitación por su fraudulento ascenso. Pocos nos hubiéramos imaginado que la democracia en México, pese a los focos rojos, sería en esta decena superior a la de Norteamérica, presentada siempre como ideal por la derecha y los prestanombres de las grandes multinacionales aunque evidentemente caduca. Y lo fue desde el 2000 cuando Al Gore prefirió exaltar al sistema antes de pelear en su triunfo, manoseado en Florida.

En la misma línea quien “planchó” la ruta entre Rusia y el mandatario próximo fue Marcelo Ebrard Casaubón, designado desde ahora como el futuro Canciller y el mejor discípulo del extinto Manuel Camacho Solís quien hubiera estado llamada a ser figura prominente en este régimen si no hubiera sido por su inoportuna muerte en 2015 a los 69 años, una edad que alcanzará a Andrés dentro de un breve lustro. Por cierto, el futuro presidente tendrá, al momento de asumir el mayor cargo ejecutivo de la República, 65 años de edad, dos más de los que tenía Adolfo Ruiz Cortines, en 1952, a quien llamaron “el viejo”, despectivamente, hasta que el propio personaje aclaró en voz muy alta:

–Bueno, ¿para qué me quieren? ¿Para presidente o para semental? 

Desde luego los tiempos han cambiado y la pareja que integra López Obrador con su culta y bella mujer, Beatriz Gutiérrez Müller, -sin duda, un gran estímulo para él y para las mujeres de este país acostumbradas al sometimiento machista-, es una de las cartas fuertes para el arranque de un gobierno que tantos esperan distinto aunque, para este crítico irredento, conlleva una enorme falla: la composición del Legislativo, con el refrendo al viejo mayoriteo priista, es deplorable por decir lo menos. 

Los nombres de diputados (as) y senadores (as), vencedores con MORENA, nos revelan a representantes de estratos de la sociedad no siempre sumisos sino, por el contrario, hasta violentos. Futuros funcionarios que pasaron de ser perseguidos a tener una curul y un escaño, además de elementos de la farándula cada vez más pequeños en materia de autoridad moral. De tal manera, no preocupa el que, sumados, rebasen a sus contrincantes sino el hecho angustioso de que no sepan realizar la enorme tarea que está en sus manos y con criterios propios para cerrarle el paso al presidente cuando sea necesario. 

Adiós a la idea de un Congreso beligerante; veremos qué pasa con legisladores poco doctos y visceralmente heridos por la desigualdad social.

La Anécdota

Me precio de haber sido yo quien le recomendó a López Obrador estudiar inglés desde sus días como jefe de gobierno:

–¿Y a qué hora? –replicó un tanto incómodo-. Me levanto a las cinco de la mañana.

–Pues deberás amanecer a las cuatro para darte una hora de aprendizaje.

–¿Y por qué no lo haces tú? –desafió el funcionario-.

–Entre otras cosas porque no es mi propósito ser presidente de la República.

Y así llegamos, catorce años después, al escenario en el que requiere de intérpretes para dirigirse a Trump… y, desde luego, a Putin. Esperemos que su acento tabasqueño no confunda a las lingüistas. 

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