Desde el portal: Partidos e imaginación


No se puede negar el derecho a los ciudadanos y sus organizaciones de aprovechar las oportunidades que ofrece la legislación electoral para presentar nuevas opciones al electorado, sobre todo ahora que la izquierda mexicana encontró más cómodo aliarse con el gobierno que con la clase trabajadora, a efecto de competir por la conquista del poder y las satisfacciones que da el presupuesto.


Lo criticable de esto es la falta de imaginación de muchos de los promotores de “nuevos” partidos, que no son más que copias de partidos que en otras épocas del país tuvieron presencia y representaron una opción real al electorado, o su constitución obedeció a la circunstancia del momento, en abrir espacios a los grupos que quedaron fuera –como ocurre hoy- de las facciones de poder dominantes.


Sin embargo, los tiempos son cambiantes y, por lo consiguiente, desaparecieron del mapa electoral cuando ya no se necesitó de su presencia o sus líderes del momento desaparecieron de la escena por muerte física o política; por ejemplo, Rafael Aguilar Talamantes jugó un papel específico en la época del ex Presidente Luis Echeverria que financió y simpatizó con los partidos de izquierda, como el PST, pero que no evolucionaron o se escindieron para dar paso a otras expresiones políticas.


El desaparecido PARM igualmente sufrió divisiones no por diferencias partidistas o ideológicas, sino por la disputa del presupuesto –como sucede ahora- amplio y generoso que destinaban las administraciones priistas para que cumplieran una tarea específica, sin mayor peso específico que el que les daba el PRI para asilar a inconformes, veteranos revolucionarios, o servir de comodín en las instrucciones que recibieran, con posiciones claves en el Congreso.


Igualmente el Partido Demócrata Mexicano surgió de una lucha cristera regional bien focalizada y acogió en su momento a disidentes del PAN por ser casi similares, por contar con el registro correspondiente que les garantizaba cierta seguridad en sus aventuras políticas sin arriesgar su patrimonio económico, sino al contrario, ampliarlo a la luz de las canonjías oficiales.


Hoy, que las circunstancias son diferentes, cuando ya no hay más rastros del desaparecido PCM o PSUM, salvo homenajes para su líder histórico Arnoldo Martínez Verdugo, y cuando ya no hay izquierda sino aliados del poder –que da más que las marchas de los obreros o de los campesinos que significan un gasto en mantas y pancartas- la imaginación de nuestros compatriotas no da para más que pretender resurgir partidos que nunca lo fueron y cuyos membretes recibieron apoyos oficiales porque así convenía al poder, lo cual demuestra una débil imaginación para ser más creativos para convencer a una sociedad carente de líderes y de partidos.


Seguramente los consejeros electorales que decidirán, más allá de los requisitos burocráticos, si incorporan a la nómina de la industria electoral a los sucesores de los dirigentes de los partidos que fueron significativos en un momento de la historia de México, pero que nada tienen que hacer en las condiciones actuales, cuando el escenario es diferente.


Sin embargo, lo que sí queda claro es que la política es la vía más fácil para obtener privilegios del poder público y resolver el problema de desempleo y falta de ingreso en nuestro país, pues si no que demuestren lo contrario los antiguos opositores, hoy los más entusiastas aplaudidores del sistema político gobernante, que, a decir verdad, nunca se ha ido.


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