La indiferencia y Realeza en Jaque


Por Rafael Loret de Mola

A estas alturas, cuando el término igualdad se tergiversa con frecuencia –los hombres y mujeres del mismo sexo no pueden procrear hijos pero tal no exime sus derechos a vivir cómo les dé la gana-, bajamos a las laderas del medievo con intenciones de colgar o quemar a cuantos no piensan igual a nosotros; destruirlos es más fácil, claro, que convencerlos y en tal se basan las apocalípticas muestras de barbarie intelectual que azotan a nuestro país y a buena parte del mundo globalizado de acuerdo a los dictados de la mayor tiranía de todos los tiempos: la de la Casa Blanca y sus agencias de espionaje. 


Me resulta complejo entender, en estas condiciones socio-políticas tan adversas, la insistencia en discutir sobre cuestiones que los criterios modernos han resuelto desde hace tiempo y, sin embargo, continúan siendo materias de agrias discusiones, sin posibilidad de acuerdos, por las resistencias atávicas de instituciones intolerantes, sea por reaccionarias –que se sujetan al pasado-, o por un vanguardismo extremo incapaz de comprender la pausada evolución de la mente humana en un entorno rebosante de odios, de confusiones –como el animalismo por el cual se pretende igualar los derechos humanos a los de los irracionales-, de rencores acumulados -ante la visión de una clase política cubierta de corrupción y bajo el cobijo de la impunidad-, y exaltados requerimientos en pro de un sistema distinto en el que, por principio de cuentas, no se deba soportar a los farsantes ocupantes del poder.


No es sencillo vivir con las cadenas de la indiferencia; temo que quienes lo hacen viven en sus conciencias una tormenta al refugiarse en comodidades pasajeras por las cuales se es capaz de soportar ser pisoteados por los de arriba. Lo mismo aquellos que sobreviven en sus trabajos aguantando a patrones insolentes y explotadores, que los cobardes arrimados al fogón de las instituciones para sentirse superiores a cuantos reclaman por leña no para las hogueras sino para atizarlos como armas contra los falsarios, mafiosos y, sobre todo, aprendices de políticos con banda presidencial. ¡Conocemos a tantos!


Durante varias semanas la discusión entre quienes observan peligrar a las familias por cuanto al avance, en derechos y privilegios, de la comunidad lésbico, gay, bisexual, transexual e intersexual –debo reconocer que no entiendo todas estas especialidades, especialmente la última-, en no pocos casos atizados por los poderes terrenales, Iglesias incluidas, protegidos, dicen, por los poderes espirituales cuyas fuentes son exclusivas para determinado grupo. Como la tierra prometida, diríamos, o el pueblo preferido de Dios. 

La Anécdota

Precisamente, en el mismo nivel, anotamos los prejuiciosos sostenes de las monarquías que pretenden usurpar existencias plácidas con la representación de sus Estados por “la gracia de Dios”, así sea al frente de distintas religiosas; y con ese “derecho divino” pueden no sólo proclamarse sino asegurar a sus herederos hasta que el pueblo depauperado despierta y acaba con los mitos. España se está tardando; y las monarquías africanas, por ejemplo, se consolidan por el aislamiento y sus atrocidades. 


Realmente no comprendo que un mundo cambiante, con tendencias morales y políticas distintas, pueda aún defender a la aristocracia y su cúspide, los monarcas, pese a sus permanentes quejas sobre la desigualdad económica y los costos enormes de los reinados, cada vez más mermados por la crispación. Ahora mismo, en Cataluña, crecen los gritos independentistas con el objetivo pleno de enaltecer a una nueva República, democrática, sin España como lastre. Así lo piensan allá y, de verdad, esta actitud me ha hecho reflexionar mis juicios anteriores sobre lo innecesario de una desunión estéril. Ahora observo lo inútil de arrastrar al carro de Felipe VI y su plebeya Letizia -¡ay si les contara!-, bajo el falaz argumento de que así se mantiene un símbolo unificador –lo cual no es cierto-, para aplacar los rencores permanentes entre los realistas y los “rojos”, mantenidos en el mismo nivel de repulsión que durante la cruenta y devastadora Guerra Civil que fue, sin embargo, una especie de repelente para evitar entrar en los proyectos bélicos de Hitler. El abyecto Franco, y su terquedad gallega, entregaron a su país con la condición de que los nazis no pusieran un pie sobre territorio español. Un embuste monumental… que resultó de lo más exitoso.
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