25 enero, 2021

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Rafael Loret de Mola – Los otros gritos

RAFAEL LORET DE MOLA

Por Rafael Loret de Mola

Pocos años, como en este 2015, me he sentido tan lejano de las celebraciones de la Independencia.

Ya conté que el tradicional concierto de Fernando de la Mora, en el Auditorio Nacional, fue cancelado el año pasado por motivos de imagen presidencial: En 2013, pese a las protestas de algunos espectadores, no pudo evitarse que se “colaron” algunos maestros disidentes para protestar por la reforma educativa.

No querían ser evaluados ni censados -como lo lograron en Oaxaca ante el turbio y mediocre gobernador Gabino Cué Monteagudo, rebasado por las presiones callejeras-, pero aseguraban contar con autoridad moral suficiente para examinar a sus alumnos.

Y no les faltaba razón.

Aseguraban, y muchos no les creyeron, que debía evaluarse al presidente y los miembros de su gabinete, antes que a ellos, sin considerar que, teóricamente, quienes ocupan cargos por la vía del sufragio universal se someten invariablemente al consenso de la ciudadanía en las urnas o a la legitimidad de sostener la voluntad mayoritaria de la que carece el actual mandatario.

Desde luego, estos cálculos no eran los más favorables para su causa además del paro sostenido alrededor de un sitio emblemático que mantuvo a los protestantes por detrás del Movimiento de la Revolución en donde las tumbas de Madero, Carranza, Villa, Obregón, Calles y Cárdenas, que habrían sido profanadas por irresponsables fascistas, no por los mentores, con la mayor tranquilidad considerándose que los grupos exaltados están muy bien parapetados dentro de la estructura oficial.

Ya los fragores de la Independencia han sufrido los terribles amagos de la derecha cuando Felipe Calderón, en Palacio Nacional, decidió convertir la efeméride en una especie de festín particular, autorizando, para colmo, la tardía construcción –obviamente para restarle importancia a las conmemoraciones- de la “Estela de la Luz”, que la ciudadanía llama de la “corrupción” a sabiendas de cuánto nos costó, finalmente, el ornato de tan mal gusto en medio de varios rascacielos.

Algunos me dicen que este año, para ser congruentes, van a alternar las banderas de México y de España porque, aseguran los pobres sabios oficiales, la nación se fundó bajo la premisa del mestizaje.

Una barbarie intelectual de la mayor envergadura.

Pobres de aquellos que se atrevan a semejante ultraje.

Por supuesto, la intención de fondo es otra: halagar a los consorcios hispanos a seguir expandiéndose en lo que ellos consideran sus “antiguas colonias” y ante la posibilidad real de que triunfe la secesión en Cataluña para luego dar paso al desprendimiento del llamado país vasco en donde se dan el lujo de hablar una lengua antigua, involutiva y que ya estaría muerta de no ser por la terquedad de quienes la sostienen como símbolo de la no integración al resto del estado español.

Por cierto, el referéndum soberanista, como le llaman los catalanes, programado para dentro de unos días, el 27 de septiembre –curiosamente el día en que se promulgó nuestra libertad de la Corona-, rechazado por el Tribunal Superior del gobierno español aunque no por los dueños del territorio catalán, otrora vanguardista, y ahora atrapado entre dos aguas con Arturo Mas, el presidente de la Generalitat, retando a la inconstitucional y con riesgo de una intervención directa de las autoridades ibéricas, con Mariano Rajoy Brey a la cabeza como presidente del gobierno, que no podría ser otra que la destitución y juicio de Más en medio de una polvareda popular bastante parecida, o acaso igual, a una guerra civil en una de las naciones que más han sufrido por las diferencias irreconciliables internas.

Pero esta es una historia que en nada coincide con la mexicana en cuanto al fervor y a las tradiciones.

Por allá, ni letra tienen para su himno patrio, precisamente porque varias comunidades no se identifican con este referente y aducen que es necesario cambiar los formatos para exaltar las idiosincrasias regionales por encima de las nacionales, tal y como ha sucedido en varias comunidades vascas en donde se niegan a izar el lábaro español y colocan el suyo al lado del pendón de la Unión Europea.

Tal ha propiciado igualmente un largo debate entre los órganos de la justicia española y los lehendakari –o presidentes- de los vascos.

Si observamos con detenimiento, la fractura por venir, coloca a la España de la cual nos emancipamos en 1821, no en 1810, si bien el último reducto ibérico, San Juan de Ullúa, cayó en 1825 y todavía hubo un intento, cuatro años más tarde, de reconquista cuando apenas nacía México al son de los caudillos presuntuosos, como Agustín de Iturbide, quien se dio el lujo de inventarse una corona y un imperio inexistentes, por aclamación de unos cientos de incondicionales reunidos alrededor de su palacete cercano al Zócalo actual y convertido, claro, en sucursal bancaria a las órdenes del capital
estadounidense.

Hay demasiados motivos para que no nos sintamos independientes en las jornadas por venir.

Sobre todo por la percepción de que, una vez más, vienen por nosotros y cuanto tengamos de riqueza patrimonial, los herederos d los mismos que ocuparon estas tierras creyéndolas vírgenes cuando era obvio que había una cultura, en muchos aspectos, bastante superior al salvajismo de los “caballeros” de allende el mar.

Pese a la diferencia notoria de pertrechos –en este aspecto sí eran superiores los invasores-, muchas batallas, incluso por la Gran Tenochtitaln, se ganaron con la fuerza y determinación, un valor sin límites, de los guerreros águila de los mexicas, para salvar al imperio azteca momentáneamente… hasta la muerte de Moctezuma Xocoytzin, el gran Tlatoani, que erró al observar a los barbados como enviados de los dioses, montados en sus caballos, por entonces desconocidos en estas tierras, y con armaduras de metal que asemejaban, más bien, a monstruos y no a deidades.

Pero, ya en la actualidad, nos resulta difícil festejar sumando a los genocidios incesantes perpetrados por la soldadesca enloquecida, una deuda global de más de un billón de dólares.

Al respecto cabe aclarar que cuando mencionamos esta divisa es necesario puntualizar que la medida de un billón es la de un millón de millones, a diferencia de cuando sumamos en pesos: Si se llega al billón hablamos de una correlación distinta por lo que la cuantía de lo debido, ¡seis billones 886 mil millones de pesos! es completamente inmanejable hasta por los relatores del presente.

El hecho concreto es que por cada dólar almacenado en el Banco de México, debemos, más de cinco, pues las reservas, aunque a la baja, suman 185 mil millones de dólares, con muchas posibilidades de llegar de caer bastante más al igual que los precios de la mezcla mexicana de crudo.

Las cuentas son desastrosas y rebasan la imaginación.

Pero, además, la siniestra reforma energética tiende a reducir, sensiblemente, nuestra riqueza patrimonial. Ya lo dije hace unos días, si entre 1920 y 1924, las compañías extranjeras vaciaron, hasta extinguirla, una de las reservas petroleras mayores del mundo, la llamada Faja de Oro –con lo que corrijo el error, de días atrás, cuando la llame Franja-, ubicada por la región de Veracruz, ¿cuánto tiempo nos darán de gracia los contratistas estadounidenses y españoles para llevarse nuestro oro negro para almacenarlo en sus respectivos países y especular así con los precios del mismo, como ya lo están haciendo bajo el peso de las complicidades? De allí el absurdo de sostener que bajarán los precios de las gasolinas, en dos años, cuando el gobierno mexicano ya no esté en capacidad de regularlos en el mercado internacional: Estaremos sujetos a las rectorías ajenas como cualquier otra nación despetrolizada.

Una terrible andadura hacia atrás.

No hay muchos deseos de festejar aunque en nuestro interior anide la flama del patriotismo que tanto nos envidian los foráneos quienes, más bien, piensan en la “aldea global”, sin fronteras, siempre y cuando ellos sean los fuertes y los débiles acabemos sometidos, por siempre, a sus caprichos.

Mientras tanto, ondeemos con orgullo la enseña tricolor porque nuestra historia y nuestra patria no van a acabarse con el depauperado y empobrecedor mandato de Enrique Peña Nieto, el priísta que se hizo panista en cuanto a intenciones para retornar al punto exacto en donde dejó al país el execrable Ernesto Zedillo quien preparó la alternancia, milimétricamente, para favorecer a las grandes compañías transnacionales con una falsa apertura hacia el mercado universal. Para peor, nos atraparon en nuestras madrigueras.

Y en ellas seguimos, por desgracia.

PARO NACIONAL. 14 DE OCTUBRE.